Translate

lunes, 4 de abril de 2016

UNA CAUSA DE DESEQUILIBRIO INTERNO


    LOS EFECTOS NEGATIVOS NECESITAN UNA EXPLICACIÓN
      Hola amiga(o) pensante.  “Lo que sientes, siempre es acorde con lo que estás pensando”, “lo que piensas con respecto a un hecho es lo que le da el color y la textura a lo que sientes”. Compruébalo, verifícalo, y cuando estés convencido por tu propia observación, nada ni nadie te podrá convencer de lo contrario.
      La respuesta a cualquier pregunta que surja de lo antes dicho, es que ya sabes dónde está la verdadera causa, según tu observación, tienes la localización del problema. “tus propios pensamientos”, es como decir “en ti está la solución”.
     Como ya has entendido esto, hablemos un poco de cómo se procede usualmente cuando el pensante se encuentra pasando por un mal momento.       
     Por ejemplo, le preguntas a alguien que conoces; — ¿Cómo andan los ánimos? —Si no carga el peso molesto de su decaimiento, lo averigua poniendo atención a su sentir y enseguida empieza a pensar para averiguar la causa a su mal estado anímico.
    El pensante si no tiene una explicación que la haga sentido al por qué se siente así, debe encontrar los hechos que conectan con el estado de ánimo que está sintiendo. Una vez encontrada le explicación, se sigue sintiendo mal, pero su pensar está equilibrado
     Ha ocurrido que “entendió” o “sabe”, por qué se siente así tan mal y la solución que encuentra a la mano es echar pestes o criticar la adversa o perturbadora situación que le causó ese bajón emocional.
    Hasta aquí se acostumbra a llegar en las reflexiones, la necesidad de encontrar la causa no solo es una necesidad de resolver la situación, el pensante necesita un balance o un equilibrio interno. No puede tener o experimentar un efecto sin una causa razonable, o lógica.
     Está en juego su cordura, el desequilibrio genera descontrol y eso no se lo puede permitir ningún pensante, sin hacer algo para evitarlo.
    Ante un efecto que se experimente y no se tiene una causa, es sentir adicionalmente la amenaza de volverse loco, o perder la razón. Mira en tu vida pasada para que observes esos momentos que te sentías mal y no tenías una explicación razonable. Quizás no recuerdes ninguna, pero si puedes recordar cómo te sentías el tiempo que demoraste en encontrar una explicación que te convenciera.
     Este tiempo que se tarda en tener una explicación de lo que se está sintiendo, es un tormento muy difícil de sobrellevar. Ahí la urgencia cuando no se puede por cuenta propia, para que alguien le diga “que tiene”, no que siente, ya lo que siente lo sabe, le urge que el doctor, el adivino o quien sea le diga la causa con nombre y apellido, necesita entender.
     Necesita una causa para el efecto que siente, y a eso, lo llama “saber qué es lo que tiene”. (Le dicen que es una brujería, y concuerda con sus creencias, y ya, ya entendió que tiene, “equilibrio logrado”)
    Los pensantes no van a encontrar ninguna experiencia emocional notable que hayan vivido y que todavía en el presente la estén sintiendo sin darle una explicación, porque a todas se dieron una explicación, no se puede sobrevivir en paz sin nunca saber. De alguna manera se las arreglaron para encontrar algo que les sirvió para equilibrar su mundo interior. Desde suponer que fue un fenómeno paranormal, hasta afirmar hechos objetivos que conectan con el estado que siente.
    Esta necesidad urgente de equilibrarse, encontrándole a cada efecto una causa, impulsa al pensante a la actividad de pensar, a examinar, a reflexionar o averiguar a través de otros.
    Hablamos de estados de ánimos notables, que resalten por lo positivo o negativo. Es tanto la necesidad de equilibrar los efectos con una causa razonable, lógica o creíble, que sucede, como por ejemplo en el caso de una persona que su pareja le pide el divorcio y las razones que le da no las cree, y piensa que hay otra causa. El por qué le pidió el divorcio, sigue sin ser respondido a satisfacción, y esa satisfacción ocurre cuando le haga sentido la causa con el efecto.
    Como puedes ver, hemos estado hablando de causas y efectos, llamando causa a los motivos que incitaron al pensante a concebir los pensamientos que le han producido ese estado de ánimo que siente.
     Un motivo mientras más cerca esté de la verdad de ser el incitador, más equilibrio y alivio le produce al pensante.
     Hasta aquí, hasta éste alivio se acostumbra a llegar, más por la necesidad del equilibrio interno, que por la comprensión de lo que debe hacer para resolver y salir de ese estado de ánimo que lo tiene sufriendo.
    Su usted quiere ayudar a otro, no solo facilite o colabore para que encuentre el motivo o el hecho que incitó llegar a ese estado. Ese asunto, hecho o motivo, en verdad, lo incitó, pero fue a producir ideas, consideraciones que son las que le están causando ese estado negativo.
    Volvemos al primer párrafo; pensamientos generando un estado de ánimo negativo. Pero ellos no se pensaron solos, alguien lo hizo, y todos sabemos que fue el “pensante”, el mismo que siente los efectos de como pensó.
    El pensante es efecto de su manera de pensar; y alguien apresurado concluiría que es el responsable, o es un mal pensador, y caso cerrado.
     Recuerdas el post anterior que hablamos de problemas. Bien, pídale a ese amigo que plantee el problema, antes de que se ponga a descalificarse como pensador o acusarse de irresponsable.
     Si fuera yo ese amigo tuyo, entendiendo, que yo como pensante soy la causa, me hago la pregunta: ¿Qué estoy “haciendo” mal para producir este tipo de pensamientos? (Y sé que es algo mal, porque no quiero pensar así para sentirme así.). La respuesta se cae sola; lo que estoy haciendo mal, “es el acto de pensar”.
     Mi parte negativa o inconsciente me refuta mi conclusión y me grita; “no es el acto de pensar, son esos malos pensamientos, piensa otros mejores que esos, y problema resuelto”. Pero como ya he cometido el error de evadirme, ignoro el viejo y habitual programa mental, e insisto por el nuevo camino que vengo trazando.
      Algo mal está pasando con el acto de pensar, no puede ser asunto de mejores pensamientos, porque ya sé, que tipo de pensamiento debo pensar para sentirme bien, no soy tan estúpido o ignorante. No se trata de diferenciar un pensamiento malo de uno bueno, hasta un niño lo sabe.
     El asunto es control del acto de pensar, pierdo el control y el pensar impulsivo me hace caer a un estado emocional, y de este estado emocional respondo con más pensamientos negativos, y esto empeoran el estado emotivo y de esta condición desmejorada sigo pensando de manera reactiva, sin control, y aquí estoy sintiéndome deprimido, abatido, desanimado, con ganas de pensar una locura, pero todavía me queda algo de control para no cometer un disparate.
    ¿Cómo les pareció el cuento? ¿Cuál es la Moraleja?  ¿Será importante recuperar el control del acto de pensar, o adquirir un mejor dominio para no flaquear ante situaciones que ya me tienen cansado de “hacerme sentir mal”?
     Pensar lo has hecho toda la vida, no es nada que no puedas hacer, ahora hazte un mejor pensante, poniéndole atención a ese acto.

     Ha sido un placer, buen provecho con tu control.  Nos vemos pensante.