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domingo, 11 de septiembre de 2016

EL PRIMER Y ÚLTIMO BESO

                    POEMA
La conocí atendiendo atrás del mostrador
de una tienda. Bella estampa, bello trato.
Cruzamos las miradas usuales entre cliente
y encargada, pero surgió algo extraño que
no se pudo decir, pero nuestras almas supieron
interpretar. Me volví asiduo visitante de la
tienda, siempre con un presente para la
amable y cordial mujer que ya me tenía
en sus redes donde yo mismo había entrado
por mi propia voluntad. Ya cuando entraba
a la tienda, podía oír los comentarios y las
risas de sus amigas que le decían, “ahí viene
tu enamorado”. Ella palidecía y luego el
rubor le pintaba el rostro con el color de una
fresa. Le hice la primera cita, y ese domingo
la esperé en el parque con unos deliciosos
bombones de chocolate y la flor que más
se parecía a ella. El color amarillo de sus
pétalos armoniza con el colorido de su aura
con el brillo de su sonrisa y la candidez en
sus ojos. Allí viene ella, viene hacía mi
flotando como un ángel con su brazo derecho
extendido para hacer contacto con mí estirado
brazo izquierdo, en un esfuerzo de apresurar
el encuentro. Se asieron nuestros dedos, y en
cámara lenta nuestros rostros se fueron
acercando, y a escasos medio metro nos
desbocamos para iniciar el primer beso.
Ella se me colgó del cuello y me apretó
con toda la fuerza del amor que estaba
sintiendo y yo le devolví la furia amorosa
de mis deseos oyendo el trepidar de nuestros
ansiosos corazones. No sé cuánto tiempo
pasó, pero ese beso fue eterno y delicioso
mientras retuve le respiración para no perder
ni un detalle de lo que estaba experimentando.
Al fin aspiré y entre el aroma de su perfume
conocido, y el olor de un cuerpo deseado, salió
la fetidez nauseabunda del olor a cigarrillo.
La aparte de mi muy lento, para mirarla y
hacerle la pregunta hito, decisiva del gran
momento. ¿Fumas? Ella perdió el brillo de
pasión de su mirada, y casi en susurro avergonzada
me respondió que sí. Le dije; “mi amor no es
compatible con el olor a muerte, algún día
volveré por la tienda y si me sonríes, entenderé
que has elegido por aventurarnos en este amor
que vivir envuelta en el humo apestoso de
la muerte.

 Autor: Emilio Fernandez